Autonomía en los primeros 2 años
Autonomía en los primeros 2 años
¡Viva la dependencia!

“Soy sicóloga clínica infantil y me encanta lo que hago. Me gusta el mundo de los niños, su sensibilidad y el modo tan mágico que tienen de ver a su alrededor. Amo mi trabajo y la posibilidad de colaborar cuando las cosas se ponen difíciles en la crianza. Ser padres no es una misión fácil, se requiere de apoyo y contención, se necesita de conversaciones y orientación. Cuando eso sucede en la consulta, tengo la certeza de que vamos bien encaminados hacia el bienestar de niños y niñas. Pedir ayuda no es un signo de debilidad, es un símbolo de madurez y de amor”, Sofía Hales.

Suelo escuchar, tanto en la consulta como en diálogos cotidianos con mi gente cercana y en la calle, que los adultos alaban la autonomía de los niños pequeños. Hay frases recurrentes como “mira que sanita esa guagua, se calma sola” o “mi hija de 2 años se cae y no me pide ayuda, es tan independiente”, y frente a ellas algo se despierta en mí, me ronda la palabra soledad y, la verdad, se me aprieta el corazón.

Los seres humanos, cuando nacemos, somos absolutamente dependientes, es decir, requerimos de otros para resolver nuestras necesidades básicas como alimentación y protección. El cerebro funciona instintivamente y la tarea es sobrevivir. Las sonrisas y el llanto son la forma en que las guaguas se conectan con los adultos, buscando en ellos la contención y seguridad. La manera en que estos últimos responden a esos llamados, influirá fuertemente en cómo se experimentan a sí mismos y al mundo.

Los niños pequeños necesitan contención y contacto, así como respuestas oportunas a sus requerimientos. Esto quiere decir, por ejemplo, responder al llanto de nuestros niños, pues dejarlos llorando para que ‘se calmen solitos’ no genera autonomía ni en el corto, mediano ni largo plazo, sino más bien desesperanza y la sensación de que no hay nadie que lo pueda ayudar cuando lo necesita, además de producir consecuencias en el desarrollo cerebral. Por el contrario, si se contesta sensible y oportunamente, se irá construyendo un vínculo de confianza en los adultos significativos, así como un sentido de sí mismo como alguien que es querido y valorado.

¿Cómo podemos promover este sentido de confianza y seguridad en los bebés? Como ya les comenté, respondiendo oportunamente a sus necesidades, pero también por medio del contacto físico, tomándolos en brazos (no, no se convertirá en un adulto dependiente, ¡necesita que lo tomemos!), durmiendo junto a ellos y jugando. Es esencial que esta cercanía sea respetuosa, y mi experiencia me dice que esto solo se logra estando cerca. Aunque suene a juego de palabras, de eso se trata, de estar cerca, de aprender a leer las señales de cada niño, conociendo sus respuestas y sus gestos para así cada vez ir interpretándolos de mejor modo.

Cuando un menor siente desde sus primeros meses de vida que hay alguien en quien confiar si las cosas se ponen difíciles en el mundo exterior, por ejemplo, si se cae, si se asusta, si le hacen daño… se atreverá a salir a explorar, a conocer, a poner en juego sus crecientes habilidades, pues si algo sucede sabe que habrá alguien que lo acoja y contenga.

Luego del primer año de vida, notaremos avances en su autonomía física, comenzarán a dar sus primeros pasos. Se desafiarán a sí mismos, e irán conquistando pequeños espacios de independencia, probablemente, muy grandes para ellos. ¿Esto quiere decir que ya no requieren los brazos de quien aman? Muy por el contrario, los siguen necesitando, sobre todo para poder regular su frustración cuando no consiguen la tarea que se han propuesto.

La autonomía en esta etapa se promueve de 2 grandes formas que están articuladas la una con la otra: generando espacios para la exploración y estando cerca para contenerlos en los momentos de crisis. Lo primero quiere decir que la seguridad no se construye desde el no salir al mundo, sino por el contrario, apropiándose del mismo, jugando, conociendo a otros, subiendo escalas, tocando la tierra y tropezando en los primeros pasos. En la medida de lo posible, al menos en nuestra casa, se sugiere disponer de espacios físicos seguros para que ellos jueguen, ensayen y exploren.

Lo segundo se refiere a la necesidad de que cuando se pierde el punto de equilibrio y se experimenta una emoción desagradable como el miedo o la pena, es fundamental que el adulto contenga y ayude al niño a volver a su equilibrio. Es decir, sigue siendo imprescindible la contención y protección, puesto que biológicamente los menores de 2 años no pueden autorregularse. Así se continuará construyendo una imagen de sí mismo como alguien querido y la certeza de que hay otro que lo ama, por lo tanto, podrá salir a conocer y así desplegar sus primeras aproximaciones a la autonomía.

Los seres humanos somos intrínsecamente relacionales, requerimos de otros y buscamos los vínculos, especialmente cuando somos pequeños. Los invito a no sobrevalorar la autonomía emocional en los primeros 2 años, pues es sano que nuestros hijos dependan y nos busquen cuando tienen pena. No confundamos la autonomía con desesperanza, no confundamos la autonomía con soledad.

Por Sofía Hales Beseler
Sicóloga clínica infantil
[email protected]

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