¿Cómo hablar de la muerte?
¿Cómo hablar de la muerte?
Algunos consejos que puedes aplicar

Contarles a los niños que un familiar o un amigo cercano ya no estarán presentes es un tema difícil, por lo mismo, hay padres que prefieren no hacerlos partícipe de las ceremonias que este hecho conlleva como las misas y funerales. Pero, ¿es eso lo mejor para ellos? Te lo contamos a continuación.

A pesar de los infinitos esfuerzos que hagan los padres por proteger a sus hijos, lo es cierto es que existen ciertos acontecimientos de los cuales no se puede tener el control. Uno de ellos es la muerte. Con la ayuda de Pablo Aranda, siquiatra infanto-juvenil y terapeuta familiar de Clínica Indisa intentaremos aclarar algunas dudas.

¿Desde qué edad es aconsejable hablar de la muerte con los niños?
No existe ‘una edad’ en que conversar sobre esto pueda causar daño o un trauma al niño. La muerte de un ser querido es una experiencia dolorosa para los menores, sin duda alguna, pero es también una experiencia inevitable, que es parte de la vida, y una gran oportunidad para aprender a afrontar nuevas dificultades, enseñándoles a regularse emocionalmente.

Durante esta etapa la familia es el principal recurso para acompañar, apoyar y tranquilizar al niño, allí es donde se comparten los sentimientos, las emociones y los miedos, permitiendo crear una sensación de seguridad que tranquiliza el sentimiento de abandono e incertidumbre que genera la pérdida de un familiar en el niño.

Es muy comprensible que los padres prefieran no hablarles a sus hijos de la muerte para protegerlos del sufrimiento. Sin embargo, cuando lo evitan pueden generar mayor ansiedad en ellos, puesto que los niños captan rápidamente las emociones de sus padres y perciben que algo no se les está diciendo.

¿Es bueno nombrarla sin que exista un motivo concreto, como la muerte de un familiar?
Sí, es más, los padres pueden aprovechar situaciones de la vida diaria, ejemplos de la naturaleza, como la muerte de un perro o un pájaro, para ayudarles a comprender en qué consiste la muerte.

¿Cómo se debe tratar el tema en caso de muerte de un familiar muy cercano?
Hablando, compartiendo y escuchando a los niños sobre cómo experimentan y vivencian la pérdida del ser querido, siempre de forma afectuosa, sincera, con cariño y utilizando palabras simples.

No deben tenerle miedo a usar la palabra ‘muerte’, puesto que los niños ya están familiarizados con su uso desde muy pequeños. Intentar utilizar términos ‘más suaves’, aunque sea con el propósito de protegerlos, puede confundirlos más que calmarlos.

¿Es apropiado que vivan presencialmente el proceso de los funerales?
Esta es una decisión compartida que nace desde la propia familia, ya que serán ellas las que acompañarán a los niños durante el rito. Puede servir como apoyo al momento de conversar sobre esta decisión, saber que a los 6 años los niños comienzan a desarrollar la capacidad para comprender el carácter irreversible de la muerte (proceso que se completa entre los 9 a 10 años), otorgando mayores herramientas que facilitan su entendimiento.

De todas maneras, hay ciertos aspectos que deben considerarse cuando se les invita a participar de las misas y funerales, tales como, no obligarlos a asistir, así como también, prepararlos conversándoles sobre lo que verán, oirán y harán.

¿A qué edad es necesario profundizar un poco más sobre la muerte?
La mejor guía será la propia curiosidad del niño…

¿De qué manera se puede contener esta angustia?
Muchas veces los niños se angustian porque no saben qué será de ellos si los papás mueren, qué será en lo concreto… Entonces más que decirles “no me moriré” o tratar de consolarlo negando una situaciones que el menor sabe que puede ocurrir, lo mejor es decirle que lo más probable es que no nos moriremos pronto, porque nos preocupamos de nuestra salud, nos cuidamos, etc. Pero que si alguna vez pasara algo, quien se haría cargo de ellos es…. Y que nada cambiaría porque…

Exponer francamente un plan familiar en caso de muerte es tranquilizador. Negar la muerte, que es la única certeza con la que nacemos los seres humanos, solo incrementará la angustia de nuestros niños.

¿Cómo pueden los padres calmar la angustia que este hecho puede provocar?
Estando disponibles afectivamente, en una disposición de real escucha, acompañándolos, estando atentos a lo que sienten, piensan y hacen, mostrándose interesados, respondiendo sus inquietudes de forma simple, sincera y sensible, teniendo siempre presente que aparecerán preguntas que los padres no podrán responder con la palabra precisa, pero que solo al decirles que no la tienen, ya los estarán tranquilizando.

No es dañino para los niños escuchar que sus padres no conocen las respuestas, las preguntas sin respuesta les permitirán elaborar su propio significado de la muerte.

¿Es probable que el menor, luego de haber vivido la pérdida de un familiar experimente cambios?
Sí, al igual que los adultos, después de una pérdida comienza una etapa en que existen cambios esperables, normales y necesarios para procesar la muerte del familiar. A esta etapa se le denomina ‘duelo’, palabra que viene del latín ‘dolus’, que significa ‘sentir profundo dolor’, y es el periodo en el que se vivencia la pérdida.

Los cambios esperables pueden ser que el pequeño esté más gruñón, que le cueste llevarse bien los integrantes de la casa o el colegio, que tenga ‘explosiones de pena’, que haya momentos en que olviden completamente la muerte del familiar, jueguen, se diviertan, y de repente se molesten y lloren. Que pregunten por el familiar, por qué falleció su familiar, si volverá, o hablen más de lo habitual de la muerte, lo que también se verá representado en el juego, lo que es normal y saludable. El juego es un recurso fundamental para el niño, le permite expresar sus sentimientos, emociones y miedos. Es su propia terapia.

¿A qué síntomas debemos estar atentos y cuál sería la forma de proceder una vez transcurrido cierto tiempo desde el funeral, si el niño aún siente pena?
Hay estudios recientes en los que se han basado los manuales de diagnósticos americanos de los trastornos mentales (DSM-5) para diferenciar un duelo normal de un episodio depresivo, que sugieren ciertos síntomas más relacionados con un episodio depresivo, tales como, los deseos permanentes de muerte, la disminución marcada de actividad motora, las alucinaciones, la falta significativa de autoestima y el deterioro grave en el funcionamiento del niño. En estos casos es aconsejable acudir a una evaluación de un profesional de la salud mental.

En relación al tiempo, es muy difícil estimar cuándo durará la pena. Esta dependerá de muchos factores del niño y su entorno, de la cercanía del familiar fallecido, del apoyo, entendiendo que la tristeza no es una enfermedad, sino que es parte de la vivencia de la pérdida. Sin embargo, los mismos estudios estiman que en promedio los cambios deberían prolongarse por 2 meses. De todas maneras, como mencioné con anterioridad, esto debe ser evaluado por un profesional de la salud mental.

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