Cómo hablar de sexualidad con los hijos
Cómo hablar de sexualidad con los hijos

Uno de los desafíos importantes que nos impone la aventura de la crianza es acompañar a nuestros niños y niñas en la adquisición de conocimientos, hábitos, habilidades, descubrimiento del mundo que les rodea y de su propia individualidad.

En este último ámbito es donde se centra un importante cúmulo de interrogantes que los adultos tienen en relación a la sexualidad.

Partamos por reconocer la importancia que tiene el ámbito de la sexualidad para los seres humanos. Desde que nacemos reconocemos un ser sexuado cuyo cuerpo puede advertir un mapeo de sensaciones agradables o desagradables; sensaciones que nos permiten reconocernos desde la corporalidad en interacción con un medio externo y nos permiten configurar esta noción de individuo tan importante para la constitución del psiquismo y para el establecimiento de los vínculos con los otros/as.

Cuando hablamos de sexualidad – ya sea desde el lugar de padres, madres, educadores- no sólo hablamos de la genitalidad, del componente fisiológico o de la anatomía de los órganos reproductores internos y externos. Hablar de sexualidad es hablar también de sensaciones reconocidas por un sujeto. Es apelar -además de los significados culturales- a los propios significados que una familia imprime. Es referirse al tema de la intimidad, al autoconocimiento, a la interacción con otros, al autocuidado, al placer y displacer. De ahí que sea tan importante no ignorar este aspecto fundamental en la vida de los sujetos y atender a las necesidades que niños y niñas puedan tener respecto a información, transmisión de sentidos y valoraciones, aun desde la primera infancia.

¿Cómo debemos responder ante las inquietudes de niños y niñas?

Educamos en el terreno de la sexualidad tanto por acción como por omisión, es decir, aunque en una familia no se emitan mensajes verbales en torno a lo sexual, inevitablemente se están trasmitiendo contenidos en torno al significado que, para esa familia, reviste esta dimensión de la experiencia humana. De ahí que una de las premisas que pudieran compartirse es que en este terreno, como en tantos otros,es valioso que los adultos responsables del cuidado de niños y niñas estén no sólo preparados, sino también dispuestos a abordar estos contenidos. Y es entonces cuando nos afloran aprensiones, miedos y algunas ansiedades con respecto a qué decir, qué responder, qué hacer.

En este sentido debe admitirse que cada familia, desde su propia concepción de mundo y escala de valores, enfatizará o modelará determinada transmisión. No estará de más que, ya imbuidos en esta tarea, padres, madres y educadores, recuerden lo que fue su propia educación sexual en el seno de la familia o en el espacio escolar. ¿Cuáles eran aquellas interrogantes que tuvieron y de qué forma les agradó o les hubiera agradado que se respondiera a sus inquietudes? (Ejemplos: ¿Cómo es que las guaguas están dentro de la guata de la mamá? ¿Cómo entraron allí? ¿Y no se ahogan? ¿Porque yo no tengo pelos y mi papá sí? A mí me gustaría tener un pene para poder hacer pipí parada, ¿por qué no lo tengo? ¿Hay que casarse para tener guaguas? ¿Qué son los gays?, etcétera). Estas preguntas abiertas demandan una respuesta. Siempre será un agente protector atender a estas solicitudes de información. Hasta resulta conveniente irse preparando con respuestas que pudieran minimizar el estupor del adulto.

Responder con naturalidad implica entender también en forma natural la sexualidad. En este sentido, no podemos ignorar la elocuencia del lenguaje no verbal, una cara de extremo  asombro, fruncir el entrecejo, titubear, etc., son potentes mensajes que pueden hacerle ver al niño o niña que ha hecho una pregunta insultante o ha violado una regla que refiere a no hablar sobre cosas prohibidas. De ahí que el mensaje entendido puede ser “sobre estas  cosas no se habla” o “es mejor no molestar”. Pero las inquietudes permanecen y es algo altamente valorado no perder la oportunidad de constituirnos en un referente de información para nuestros hijos e hijas. Hay otras veces en las que, sin enunciar palabras, niños y niñas también se están preguntando. Que atendamos a estas preguntas implícitas les proporciona seguridad y no los deja en la tarea de enfrentarse solos al misterio que resulta la sexualidad propia y la de los otros.

Nuestra contradicción e incomodidad son advertidas por los niños y niñas. Por eso ser genuinos también implica reconocer que no nos las sabemos todas. Mejor explicitar que algo nos incomoda que fingir una naturalidad poco creíble. Los niños y niñas no esperan de nosotros que seamos una enciclopedia. De acuerdo a la edad que tengan podemos ir entregando información en un lenguaje sencillo y claro. Suele ocurrir que -debido a nuestras propias preocupaciones- respondemos más de lo que les importaba o menos de lo que necesitaban.

A su vez el uso de la terminología es clave. Las cosas por su nombre. No son las palabras, sino las connotaciones atribuidas desde el mundo adulto las que suelen avergonzarnos. Tampoco debemos tener la expectativa de no dejar lugar a dudas posteriores. A medida que se crece, la misma pregunta puede nuevamente ser formulada y – para ese momento- otros conceptos pueden incorporarse.

Ni tecnicismos, ni ocultamiento, sino respuestas, porque ello es prestar atención y legitimar la necesidad de descubrimiento, de conocimiento y comprensión sobre algo que a niños y niñas no les resulta ajeno. Además de responder, se sugiere a los adultos incrementar el vocabulario de los niños y niñas incorporando sinónimos, tanto para funciones biológicas, como para partes del cuerpo. Asimismo, es importante evitar el uso de palabras descalificadoras con relación a la anatomía.

Finalmente, el juego constituye un lenguaje privilegiado para -desde ahí- transmitir también conocimientos y valores. También es importante promover el respeto por el propio cuerpo y el cuerpo de los otros, el territorio personal que nadie tiene derecho a transgredir.

¿Y cómo debemos conducirnos en casa en relación al espacio de intimidad?

Una inquietud que aflora bastante en las familias tiene que ver con la exposición del cuerpo desnudo de los padres/madres. Con frecuencia encontramos a padres y madres preocupados que consultan si es recomendable que los niños y niñas tengan la oportunidad de reconocer el cuerpo desnudo.

Se conjugan aquí los propios modelos que tuvimos en nuestra infancia y la propia significación. De nuevo será mejor actuar en congruencia con lo que para nosotros connota esta situación. Padres y madres que intentan mostrarse naturales pero con cara de espanto no transmiten un lenguaje consistente. Así, si existe algún papá o mamá que quiera iniciar este camino puede hacerlo de manera progresiva, de acuerdo a su propio ritmo, de manera que la experiencia no resulte chocante para él o ella. Tampoco significa inaugurar un desfile de cuerpos desnudos. Para mostrar la naturalidad del cuerpo desnudo, basta con la salida de la ducha a una habitación o el cambio de ropa. Los niños y niñas aprenden además que estas acciones se ejecutan en presencia de personas de confianza que corresponden al núcleo familiar, en un espacio de protección e intimidad. Intimidad que cada miembro de la familia necesita y los niños y niñas también.

 

*Fuente: chilecrececontigo.gob.cl

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