El estrés en los niños
El estrés en los niños

El estrés es una condición que no solo lo viven los adultos, sino que también los niños pueden experimentarlo, sobre todo a fin de año. Si bien no siempre es fácil reconocerlo, cambios en la conducta, en el humor o en los patrones de sueño, pueden ser señales para los padres. La psicóloga infantil de Centros Médicos Vidaintegra, Karina Navarro, explica cómo identificar los síntomas y entrega recomendaciones para evitarlo.
Ante los ojos de los adultos, la rutina de los niños muchas veces parece alegre y despreocupada, sin mayores responsabilidades que podrían causar estrés. No obstante, la muerte de algún familiar, el nivel de exigencia en el colegio, el hostigamiento escolar, dinámicas familiares disfuncionales, sobreprotección, la llegada de un nuevo miembro a la familia, la separación de los padres, o el fin de año son factores que pueden influir en el estado anímico de un menor. “Chile presenta uno de los mayores índices de problemas de salud mental en menores de seis años, donde el estrés, la depresión y la angustia son algunos de los principales trastornos que se observan”, comenta la psicóloga infantil de Centros Médicos Vidaintegra, Karina Navarro.
Los niños no expresan su malestar con palabras, ya que muchas veces no saben poner nombre a sus sentimientos. Por ello es esencial que los padres presten atención a reacciones tanto físicas como emocionales. Ante un episodio de estrés, los cambios físicos más habituales que puede presentar el niño son: dolor de cabeza, dificultades para conciliar el sueño, malestar abdominal, pesadillas, orinarse, entre otros.
En cuanto a las reacciones emocionales, un cuadro de ansiedad puede ocasionar irritabilidad, comportamientos agresivos ante cualquier situación conflictiva, miedo a la oscuridad, a estar solo o a la muerte de algún familiar de apego cercano.
Señales de las que hay que estar atentos:
– Baja en el rendimiento o desmotivación escolar.
– Llanto repentino.
– Desmotivación o bajo ánimo en general.
– Problemas de atención/concentración.
– Irritabilidad, impulsividad o ansiedad.
– Trastornos del sueño.
– Problemas de alimentación.
– Aparición de enuresis o incontinencia urinaria.
El rol de los padres
Los progenitores cumplen un papel fundamental entregando contención y apoyo frente a estas situaciones. Entregan seguridad y aumentan su autoestima, ayudándolos a superar sus miedos y fortalecer su adaptación en el día a día.
Si el menor está atravesando un cuadro de estrés, la especialista recomienda que los padres no lo critiquen y en cambio, se enfoquen en dar afecto a través de la conversación y la entretención en familia.
“Si el niño se angustia y el adulto también, no será de ayuda. En cambio, debemos apoyarlo y darle seguridad, porque son figuras de autoridad que se encargan de mantener el control y de entregar el bienestar y la tranquilidad suficiente para que el menor se sienta protegido”, indica la psicóloga.
Tratamiento
Generalmente, la terapia considera diversas técnicas dependiendo del nivel de estrés del niño, pero frecuentemente incluyen técnicas de relajación, auto instrucciones y/o una reestructuración cognitiva, donde el psicólogo busca la causa e intenta conseguir soluciones. También ayuda la terapia sistémica y la psicoeducación familiar, con apoyo en ocasiones de farmacoterapia.
Algunas recomendaciones:
– Lecturas antes de ir a dormir: es una excelente opción para ayudar al niño a relajarse antes de iniciar el sueño. Contar cuentos o inventar historias representativas de una realidad positiva.
– Yoga y ejercicios de meditación: este tipo de rutinas son muy efectivas para potenciar la relajación y mejorar la tranquilidad del menor. Lo ideal es inculcarlas en la infancia para que el niño pueda usar estas técnicas a lo largo de su vida.
Atender la ansiedad: las situaciones nuevas generan gran ansiedad en los niños, por lo que es importante que los padres aborden los cambios y conversen sobre dicho escenario.
– Afrontar los problemas: “si el niño tiene miedo a alguna situación concreta, enfréntela junto a él y busquen la solución al problema, pero jamás la evite”, recomienda Marchant.
– Practicar deporte: llevarlo al parque, andar en bicicleta y subir un cerro, son algunas actividades que pueden beneficiar la salud del niño, más aún si es en compañía de los padres.
– Equivocaciones: dar espacio para equivocarse y que se entienda como parte del proceso de aprendizaje. Son experiencias que llevan a comprender que son pasos para llegar a un resultado.
– Redes de Apoyo: son importantes para que el menor cree espacios de confianza y resolución de conflictos sin la compañía de sus padres.

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