¿Quiénes son? Miedo a los extraños
¿Quiénes son? Miedo a los extraños

Llegó el momento de conocer el mundo. Tu hijo comienza su vida social, con todos los desafíos que esta implica. Recuerda que los miedos y la angustia forman parte natural de este proceso, por lo que especialistas nos aconsejan cómo ayudarlos en esta nueva etapa de sus vidas.

Por: Fran Contreras Westermeyer

Un niño comienza su vida social dando sus primeros balbuceos y miradas a sus familiares más cercanos, mostrándose amigable con todo el mundo, pero… ¡las sonrisas más grandes siempre son para mamá!

“La socialización es aquel proceso por el cual los pequeños van adquiriendo valores, creencia, roles y maneras de relacionarse acordes a la cultura en que viven”, dice Catalina Figueroa, psicóloga y docente de la Fundación América por la Infancia. Ella agrega que este desarrollo se inicia desde que el menor abre los ojos a la vida. “Todo sobre cómo relacionarse se desprende de lo observa en los adultos cercanos. Así, va registrando esta información, estructurando su modo de ser social”, sostiene. El correr de los meses generará ciertos cambios en su sistema cognitivo, visual y rutinario, abriéndole un abanico de posibilidades para explotar y, en algunos casos, asustándolo.

“Durante la etapa entre los 4 y 7 meses, el cerebro infantil vive un aumento de la actividad neuronal de las regiones frontales y prefrontales, fundamentales para la atención y funciones intelectuales superiores y sociales”, explica la doctora Valeria Rojas, neuróloga infantil de la Sociedad Chilena de Pediatría (SOCHIPE).

Según Rojas, a esto se suma la adquisición de la visión binocular -muy semejante a la adulta-, así como de discriminación perceptiva, llevando al infante a interesarse por su ambiente. Todos estos procesos cerebrales y la llamada mielinización influyen directamente en su rutina. A partir de los 6 meses cambian sus ciclos de sueño y la función de tensión madura, generando la necesidad de más tiempo de vigilia. De esta forma, ahora solo requiere alrededor de 5 horas diarias de sueño, lo que se traduce en más tiempo de interacción con el entorno.

Otro cambio importante en esta etapa es la llamada sedestación, es decir, la habilidad del menor de sentarse solito. Esto no solo ampliará su campo de visión con respecto a lo que lograba vislumbrar cuando se encontraba acostado, sino que también sumará una serie de estímulos visuales, haciéndolo que quiera acceder a ciertos objetos a su alcance, y que pueda tener un contacto más completo y directo con sus padres y cuidadores, sostiene la doctora Rojas.

Me descubro y te descubro

Es en el octavo mes cuando los niños empiezan a conocer el mundo con sus propios ojos, creando vínculos con las demás personas. Aquí llega la llamada etapa de “angustia de separación” y el miedo a los extraños, tema que según la especialista se produce debido a la modificación del mundo externo. “Las caras conocidas de apego son las que le dan más seguridad, mientras la ausencia de estas lo inhibe, presentándose momentos de llanto y molestia”, explica.

Este incómodo minuto es normal y “completamente esperable en el proceso del desarrollo cognitivo y emocional”, recalca la experta, una etapa que se puede extender hasta los 2 años.

“Que el niño desconozca o desconfíe de adultos desconocidos es algo esperable. Los menores cerca de los 8 meses establecen un vínculo de apego, lo que significa que reconocen inequívocamente a su madre–o cuidador principal–respecto de otras personas”, explica Catalina Figueroa. Agrega que es común que los bebés se acerquen persistentemente a esta figura en busca de protección y seguridad, sobre todo en una edad en que “aumenta el interés por explorar y desplazarse, lo que requiere sentirse seguro primero. A la vez que rechazará el contacto con personas desconocidas que podrían generarle temor”, complementa.

La causa de estas reacciones, según dice la especialista, se encuentra sujeta a la confianza–desconfianza que se genera con una persona, según la permanencia que ha tenido en la vida del menor, sumada a la percepción de protección y amor que percibe de ella.

¿Cómo apoyar a tu hijo en estos cambios?

Tal como en todas las etapas de la vida infantil, es fundamental tener paciencia con los procesos. Una de las prácticas más aconsejadas para luchar contra el miedo a los extraños, es expandir el núcleo cercano al pequeño. “A medida que vea que en su vida se encuentran más personas involucradas, el niño estará más acostumbrado a ver distintos tipos de personas, por tanto, la angustia a la hora de salir de casa o interactuar con el entorno será menor”, apunta la doctora Rojas.

Todos los menores son distintos, por lo que hay que tener claro que los procesos están sujetos a factores como el nivel de madurez, el carácter (sensible/tímido, espontáneo /extrovertido) y la experiencia. Po ejemplo, si su familia es pequeña y cerrada le será más difícil versus un bebé que cuenta con un núcleo grande de gente a su alrededor.

“Hay un elemento biológico que determina parte de nuestra forma de ser, y otra parte que se va aprendiendo acorde a la relación con el entorno, entonces ninguna experiencia será igual a la de otro”, fundamenta Catalina Figueroa.

La etapa del miedo a los extraños suele extenderse hasta los 12- 14 meses de vida de un infante, mientras que la fase de temor a la separación es más larga, llegando muchas veces a los 24 o 30 meses. Lo habitual es que al año y medio el pequeño ya no tenga la necesidad de permanecer pegado a sus papás y las pataletas disminuyan, todo esto a medida que se sienta capaz de hacer las cosas solito, y sus ganas de explorar el mundo crezcan.

“Los niños y niñas tienen un temperamento dado, y es común que frente a situaciones nuevas todos nos volvamos más retraídos. Al contar con menor regulación emocional respecto a los adultos, sus manifestaciones son más intensas”, explica Karen Vespa, psicóloga y Magíster en Neurociencias de la U. Finis Terrae.

Pero este proceso no solo lo viven los infantes, sino que también es una etapa de aprendizaje para los papás. Mientras que, con el tiempo, el pequeño aprende que sus progenitores siempre regresan a casa, se genera en él un creciente sentimiento de seguridad. Los padres, por su lado, experimentarán momentos difíciles, pero es parte del aprender a delegar, crear confianza en otros y forjar lazos familiares.

“Hay componentes heredados como la ‘reactividad emocional’, que se relaciona con la sensibilidad a los estímulos y la forma de reaccionar a ellos positiva o negativamente. Asimismo, existen elementos de la experiencia vivida en relación con los otros, que van marcando la manera de socializar”, agrega Figueroa.

El principal estímulo siempre serán los padres y la familia. Según detalla la psicóloga: “El niño tiene que aprender y para ello requiere de modelos en vivo, que le estén mostrando constantemente cómo son las relaciones, cómo se habla, se escucha, se celebra, se apoya…”.

Consejos para afrontar esta etapa

La paternidad, según explica la psicóloga Catalina Figueroa, requiere facilitar el contacto de los hijos con el mundo de manera gradual y amorosa. Así favorecemos maneras de relacionarse a sana y feliz con quienes los rodean.

Toma en cuenta estos cuatro consejos antes de llevar a tus hijos a un evento con mucha gente:

Los papás deben anticiparse a lo que va a pasar a través del lenguaje de su hijo, ponerse en su lugar y entender que estar rodeado de mucha gente puede ser una situación amenazante, por lo que necesitarán más presencia y cercanía que en otras situaciones.

No obligar al menor a estar en brazos de alguien que no conoce o que le resulte amenazante.

En la eventualidad de que el infante sea más pequeño, los padres deben cuidar que no pase de “brazo en brazo”, por más solicitado que esté. Recuerda que el niño es quien más requiere cuidado, y son los progenitores quienes deben velar por su protección.

Una buena práctica es jugar. Estas actividades lo ayudarán a reconocer el lugar y tomar más confianza del espacio en que se encuentra.

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