Promesas a los hijos
Promesas a los hijos
Arma de doble filo

Es muy fácil caer en el círculo vicioso de prometerles lo que sea a los niños con el fin de que obedezcan, mientras que estos exigen cada vez más a cambio de hacer caso. No hay que olvidar que tan importante como cumplir lo que se promete, es saber cuándo y cómo hacerlo.

Desde comprarles un helado o un autito en el supermercado, hasta llevarlos al cine o al zoológico o, incluso, darles plata o regalarles un viaje… Prácticamente no hay padre o madre en el mundo que, en la medida de sus posibilidades, no recurra al artilugio de prometerle algo a sus hijos a cambio de que suban sus notas en el colegio, se coman toda la comida u ordenen su pieza. Pero ¿hasta dónde es bueno comprometerse con ellos? ¿En qué ocasiones es conveniente hacerlo? Y, sobre todo, ¿qué tipo de cosas es adecuado prometerles a los más chicos?

Lo esencial es cumplir siempre y sin excepción todo lo que uno promete, por banal o insignificante que sea, ya que es la única forma de que el acto de prometer no pierda valor para el hijo ni efectividad para los padres. Las promesas son un compromiso solemne, y cumplir o no hace la diferencia entre generar seguridad o desconfianza de los niños con sus padres. Llevar a cabo lo que se prometió permite a los papás tener credibilidad y mantener la figura de autoridad, mientras que no hacerlo y fallarle a los hijos, significa dañarles su autoestima y generar desilusión y desconfianza con el ambiente.

Se le pueden prometer muchas cosas a los menores para premiarlos si se portan bien, si se sacan buenas notas, ordenan sus piezas o hacen caso, pero no hay que perder el control del asunto ni olvidarse de poner el freno para no realizar promesas desmedidas que uno no será capaz de cumplir, ni para caer en una especie de chantaje emocional en el que los padres buscan obtener lo que quieren de los hijos a través de cosas, y estos, a su vez, se acostumbran a exigir a cambio de obedecer. El tema puede escaparse fácilmente de las manos. Por eso es fundamental saber manejar bien esta situación y no caer en un círculo vicioso del cual, a medida que los niños vayan creciendo, será muy difícil salir.

Asimismo, se debe evitar prometer premios a actitudes o conductas que los menores deberían tener de modo habitual y no como una excepción, como son estudiar o comerse toda la comida.

Si las promesas se utilizan como un recurso habitual para que los infantes cumplan con lo que se espera de ellos, se dificultará que estos adquieran los límites y aprendizajes esperados, y su conducta dependerá siempre de la obtención de una recompensa, restando autonomía a la figura de autoridad y aumentando el poder manipulador de estos. De esta forma, hacer una promesa es una estrategia válida y adecuada siempre y cuando se utilice solo ocasionalmente.

Cuestión de confianza
La principal consecuencia de no cumplir las promesas que un padre le hace a sus hijos es que estos pierdan la confianza que han depositado en ellos, especialmente si estos no hacen lo que prometen de manera reiterada y sistemática. Cuando esto sucede, es probable que los niños tengan bajas expectativas de sus padres, se sientan inseguros, decepcionados y desesperanzados.

Por el contrario, los menores de padres habituados a cumplir lo que prometen son niños seguros, confiados y que también logran realizar los compromisos con sus pares, aprendiendo a esperar lo que se les ofrece. En definitiva, como con todo lo que uno se compromete en la vida, el secreto para que las promesas con los más chicos tengan éxito es cumplirlas siempre, y no olvidar no prometer si no se va a poder llevar a cabo.

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